top of page

Salve María

  • Sara García Pérez
  • 7 feb 2025
  • 3 Min. de lectura

“He leído que si no se les habla, los bebés pueden tardar como tres veces más en aprender a hablar (...) sobre todo cuando quien no le habla es su madre” El niño vomita, ella no le habla; y entre un cuervo, una ventana rota, una stalker, un padre que parece entenderla menos que su propio hijo y unas pinturas religiosas en la montaña, se encuentra el terror de una mujer desvinculada con la concepción de ser madre, con su hijo, Eric.


En Salve María se presenta a una joven escritora que acaba de tener un bebé, interpretada por Laura Weissmahr; ella misma en entrevistas ha dicho que, el que apostase Mar Coll por ella, sin ser madre y una actriz poco conocida, la hacía sentir un poco como una impostora, tenía miedo de ser vista como inexperta.

Eso es exactamente lo que siente su personaje, María, muy alejada de la imagen cristiana de la María por la que recibió el nombre en el filme: la madre suprema llorando la muerte de su hijo en la cruz mira, desde algún lugar, a esta María, desesperada por su hijo, inadaptados al cuerpo y presencia del otro. Y es que, desde el encasillamiento de las madres en una única manera de ser “buenas madres”, nace la angustia e invisibilidad de no querer serlo, una vez que los tienes delante... todos los días.

El cansancio de María de tener a su hijo todo el tiempo, se amplifica con su obsesión hacia una mujer francesa, conocida por haber ahogado a sus gemelos en una bañera. Toda la trama se envuelve en María buscando a esta mujer, no sólo físicamente sino también en un plano mayor, de forma interna, buscando respuestas a su propia experiencia. La película está clasificada como un terror contenido en todo momento, no sabes si ella va a romper. No son situaciones donde pinta gritar (aunque en muchas ocasiones, cuando Eric no paraba de llorar, yo misma tenía ganas de hacerlo), el personaje no está plantado desde ese punto, sino desde lo estático. Ves a una mujer completamente apagada, fuera de quien era antes, intentando resistir sin conseguirlo, a la culpa de no querer cuidar a ese niño, que no

quiere ni puede llamar suyo.


“Las madres no escriben, las madres están escritas” dice Susan Suleiman; su vida se convierte en ser madres, dejan de considerarse seres individuales, otra especie a la que le dicen cómo hacer lo correcto. Hay dos escenas destacables y, para mí, resumen la película. La primera, una clase de educación maternal donde bailando con sus bebés, María deja a Eric para atender una llamada donde recibe un premio, por un momento, de la emoción de ser vista más allá de su hijo, olvida que Eric sigue en la sala y al volver, las madres siguen bailando, Eric en un ambiente de paz descansa sobre el pecho de la profesora y María simplemente observa en la puerta, que no cruza, como derrotada por las preferencias de su hijo hacia alguien que no es ella. La segunda, en la habitación del hostal, donde sufre un sueño febril con la aparición de la infanticida, representada como una de los “monstruos” de las pinturas que ve en una iglesia.


Es difícil hacer una película tan contenida, tanto en actuaciones como en la trama, y que a la vez parezca que chilla. Y es que grita a todas las madres que se han sentido así y a una sociedad, que no busca de forma educacional que entiendan, sino que tome lo que ve y se sienta dentro de María.

Comentarios


Conoce al equipo

20240827_185626.jpg

Lucía Andrés Carrasco

  • Linkedin Lucia
SSIFF_edited.jpg

Violeta Sánchez Moreno

  • Linkedin Violeta
IMG_7742.jpeg

Maialen Bermejo

  • Linkedin Maialen

bottom of page