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La Infancia de Iván

  • Alex White
  • 20 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Ojos de cachorro, aullido de adulto

En algún momento de la ESO, no recuerdo exactamente en qué curso, un libro llamado “Gizon izandako mutila” (la traducción al castellano sería "El niño que ya fue adulto") se cruzó en mi camino. Recuerdo que el profesor nos preguntó acerca de cuál pensábamos que era el significado del título. Yo respondí que el nombre de la obra se refería a que el niño protagonista había vivido cosas que se podrían clasificar como experiencias adultas.


En la película de Tarkovski pasa algo parecido con Iván. El protagonista de la película es un niño completamente desprovisto de juventud, en lo que a su actitud se refiere. La guerra representada en el film choca frontalmente con las escenas oníricas de los sueños de Iván. De alguna forma, casi pareciera que la verdadera infancia de Iván es lo que se nos muestra cuando el muchacho está soñando. En la vida real todo es negro, sucio, deprimentemente, muerto y sin espacio para la diversión.


Una de las cosas que más me llamaron la atención en el segundo visionado de la película (con más de un año de tiempo entre ambos, he de decir) es la actitud tan seca que tiene Iván respecto a los hechos acontecidos en el film. Lo esperado sería que un niño de su edad, 12 años, estuviera asustado o traumatizado debido a lo que ha sufrido por culpa de la guerra. Pero allí está el chico, con un carácter completamente serio y estratégico, dando órdenes a miembros del ejército ruso como si él fuese un alto cargo de las tropas soviéticas. Un momento a destacar de la película es cuando Iván se niega en rotundo a ir a la escuela. El único motor del chico ahora es la guerra y la venganza. El “Iván niño” ya no existe. Ya solo queda “Iván soldado”, movido por el odio.



El principio del film es un ejemplo perfecto de la vida de Iván. El sueño del pequeño ruso que vuela por el aire y en el que habla con su madre rápidamente muta en una pesadilla con una atmósfera triste y desprovista de alegría o de vida. A través del montaje, Tarkovski nos narra una dinámica que se irá repitiendo a lo largo del film. Los sueños en los que se puede ver a Iván disfrutar de la vida como cualquier niño y su posterior interrupción debido a que el personaje es despertado. Casi parecen un recordatorio de que no puede escapar de su nueva realidad y de que los personajes que habitan sus sueños nunca volverán, al igual que su infancia. Al suceder esto, podemos ver brevemente a Iván triste, ya que, por mucha coraza de odio que se ponga encima, es un niño humano que no puede evitar sentir nostalgia por su vida pasada.


El final de la película tampoco perdona. Iván acaba siendo interceptado y ejecutado por las tropas alemanas. De alguna forma, en este momento el espectador sale de la burbuja que se había creado. Todos empatizamos con Iván y queríamos que pudiera llevar su venganza a cabo. Después del trágico suceso nos preguntamos: ¿cómo iba un niño de 12 años a sobrevivir en un ambiente así?


La película concluye con otro sueño de Iván. De este cierre podemos sacar varias conclusiones. Una de ellas podría ser que Iván por fin puede adentrarse eternamente en el mundo de sus recuerdos y quedarse allí para siempre, como él quería.  Otra posible vía podría ser que Tarkovski quisiera buscar por última vez la empatía de los espectadores hacia el chiquillo. 


“La infancia de Iván” es una película extraordinaria. Visualmente, pocas películas se me ocurren que sean tan bellas y a la vez tan descorazonadoras. Los paisajes son cuadros oscuros sin ningún ápice de vida y los búnkeres soviéticos son claustrofóbicos y extremadamente depresivos. Al igual que he dicho antes, situaciones y localizaciones diametralmente opuestas a las que debería estar expuesto un niño, si es que queda algo de niñez en Iván.



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